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    2019-06-17

    Se agrupan haciendo exaltación de la droga y del delito, tienen enemistad manifiesta con la autoridad, endiosan Bedaquiline mitos populares, elevan a categoría de santos a los músicos muertos trágicamente, consideran mártires a los jóvenes muertos en enfrentamientos policiales o entre bandas rivales, rechazan los cambios sociales anteponiendo la subcultura marginal, considerando prototipos de valentía a los detenidos rebeldes y reincidentes, se agrupan en barrios necesitados dado que valorizan la vida marginal, adoptan seudónimos para reconocerse entre sí Bedaquiline y son fuertemente territoriales. El crimen, descubre la novela en su exploración, ha ganado batallas no sólo sociales y políticas en Latinoamérica, sino también de índole cultural e informática en sociedades que han justificado el problema social de fondo a través del recurso de la negación; se suele presentar esta problemática como ajena, relativa y cínicamente resolutiva porque los “malos” y “los sicarios se matan entre sí”. El asesinato, sin embargo, “deja huellas en el alma por más que se quiera tapar con alegrías”. A través de alegrías y aturdimientos experimentados, durante largas sesiones en moteles baratos, con exóticas y atrevidas adolescentes u oxigenadas prostitutas “de pantalones ajustados”. Las jóvenes “pagando con nalguita” gozan junto a los sicarios desenfrenadamente de su sexualidad, entreverando su aquelarre con narcosis, “monas”(trapo o estopa impregnado de resistol industrial o solventes), rayas de espidbol (combinación de heroína y cocaína), chochos, tachas, fumando carrujos de marihuana, “esnifando” grapas de cocaína, fumando piedras de “crack” o torrenciales tragos de cerveza. Es también, a través del fetichismo del consumo que tanto los personajes de La esquina de los ojos rojos como los de La virgen de los sicarios buscan reposicionarse en una sociedad que los ha transformado en marginales, en “sobrantes sociales”, en una mera lista de deseos comerciales y aspiracionales fatuos: Como piensa Pacheco Gutiérrez sobre los “ideales” de algunas jóvenes generaciones, “su proyecto de vida se traduce en una lista de compras”.La esquina de los ojos rojos al igual que La virgen de los sicarios, pone de manifiesto la disolución del carácter de individuos en parte de esta generación heterogénea —denominada en México Ni nis, jóvenes que no estudian, ni trabajan— encamando un indolente y depresivo solipsismo. Acerca de este nihilismo, la literatura mexicana ha reflexionado: Todas las actitudes de los jóvenes en la novela de Ramírez Heredia se inclinan a secondary immunity llenar una desaforada necesidad por entretener a la inminente fatalidad: un simulacro de vida, de statu aderezado con lujos temporales y extravagancias consumistas: Inmersos en el reino de lo inmediato, del hedonismo rampante —del que ya ha hablado, clarificadoramente, Lipovetsky—, de la búsqueda de la satisfacción “fácil”, inmediata que sobrevuela como atmósfera a la literatura y a la era tardomoderna, se trata, según Villoro de: Desde estas prerrogativas los jóvenes sicarios del relato logran a través del encumbramiento “malandro” de su generación, habitar el infinito horizonte que les presenta una Gomorra epocal rebosante de adicciones, frivolidad y vesania. Son admirados “antihéroes” de las chicas del Barrio y de otros muchachos. Enarbolan objetos de “poder” y estatus como el anillo del Niño del Diamante. Se instauran en el adormecimiento modal de otros artículos fetichistas como las cartas de YugiOh que juega y colecciona la adolescente Linda Stefanie. Cuelgan al cuello “la imagen de la Santa Señora” o la llevan tatuada en el cuerpo, como eterna protectora, al igual que sus contrapartes colombianos que ejercen también un modo de metafísica “pragmática”, pues cuelgan siempre en su cuerpo tres escapularios de María Auxiliadora: “Uno en el cuello, otro en el antebrazo, otro en el tobillo y son: para que les den el negocio, para que no les falle la puntería y para que les paguen”.